dissabte, 27 de juliol de 2013

. España es dolor
‘The pain in Spain’, era un titular en el diario The Economist, de hace justamente un año, aludiendo a la precariedad económica española con el gobierno Popular. “Me duele España”, decía Unamuno hace más de un siglo. Y España nos sigue doliendo a muchos. Justamente nos duele hasta la médula a esos que no solemos llevar colgadas banderitas rojigualdas que otros enseñan en la muñeca o en el coche como muestra, no de ninguna españolidad, sino como signo de una determinada ideología que no despliega, precisamente, el orgullo compartido ante ninguna identidad, sino la prepotencia, la intolerancia y la soberbia.
Sí. Me duele España, como a Unamuno. Y me duele España cuando la percibo caótica, infame y febril; cuando la percibo en manos de truhanes, arribistas o delincuentes que la hacen suya argumentando una sarta de tópicos y de mentiras que esconden únicamente una ambición sucia, grotesca y desmedida.
Y me duele muy especialmente España cuando la identifico con el dolor y el olor a muerte, cuando percibo que en el siglo XXI hemos sido incapaces de superar esas supuestas tradiciones que nos encadenan a una “cultura” de crueldad, de sangre y de horror. Me refiero a los sanfermines, una fiesta de la barbarie, donde, en nombre de un santo del siglo VI cuyo mérito para la santidad fue ser abducido y abducir a muchas personas por y para el cristianismo, se torturan, se acorralan, se matan a muchas vidas animales inocentes, asustadas, confundidas e indefensas. Es la cara oscura de la fiesta, la que no sale en prensa ni en noticiarios, el revés de esa otra cara de locura, alcohol, machismo y exaltación de las testoreronas.
Decía hace unos días un columnista del diario inglés The Guardian, aludiendo a la barbarie que se vive en Pamplona en esos días, que los visitantes de esa fiesta tienen las manos manchadas de sangre. Y decía que “torturar y asesinar toros para el regocijo de vecinos y visitantes es algo propio de épocas terribles y oscurantistas, no del siglo XXI”. Muchos diarios del mundo han sacado a primera página las fotos de bacanal y muerte de los sanfermines, como el Internacional Herald Tribune, que titulaba la foto que mostraba la cogida del hombre muerto de 27 años “Muerte en Pamplona”. Y es que nuestra marca no parece ser, precisamente, nada relacionado con la moderación, la concordia, el progreso ni la alegría, sino con el morbo, el desenfreno, el horror y la muerte.
Maldita diversión que conlleva la apología de la violencia y la muerte de seres vivos e inocentes. La otra cara de la moneda, decía, los toros muertos, ensangrentados y tratados como mera mercancía, han salido en fotos en prensa, por primera vez, en el diario El Huffington Post. Toros muertos, acuchillados, desarmados, impotentes ante la inconsciencia y la barbarie de esos que necesitan del terror para segregar sus infames endorfinas. Hay que verlas, porque son la realidad, la verdad que existe tras esa fiesta, una verdad que hiela la sangre de cualquier ser mínimamente sensible.
A algunos nos duele España, claro que duele. Vuelve a doler con ese dolor que sentía Unamuno. Duele esta España de salvajes e insensibles, de gobiernos corruptos, de mentiras, a cual mayor, de robos y manipulaciones, de gente buscando en los cubos de basura, de niños que se desmayan en las escuelas por hambre, de familias en la calle, de gente que se suicida ante la precariedad inducida, de bloqueo a la investigación y a la cultura, de cierres de cines y de teatros, de millones de euros en Suiza, de vuelta a la cruz en la escuela, de financiaciones ilegales, de sueldos astronómicos de algunos y de miseria para muchos.
Quizás sea el mismo dolor el que produce ver a España víctima de la impudicia y la soberbia política, y ese otro que proviene de percibir que en España la tortura y la crueldad siguen formando parte de ese repugnante sentir festivo colectivo. Esta es la Marca España del gobierno popular, famosa en el mundo por el desprecio a los ciudadanos y la crueldad como fiesta y bandera de identidad. Los tiranos y totalitarios saben muy bien que la inclemencia contra los animales legitima de algún modo la inclemencia contra las personas. Porque el respeto del hombre hacia los animales es inseparable del respeto de los hombres entre ellos mismos. En realidad, todo es lo mismo.
Coral Bravo es Doctora en Filología